Expresión, influencia y manipulación
- donnalaboratorio
- 21 nov 2025
- 3 Min. de lectura

La delgada línea que separa el arte, la comunicación y la política es tenue y cambia con el tiempo. A lo largo de la historia, disciplinas artísticas como la literatura, el teatro, las artes plásticas, la fotografía y el cine no solo han servido como medios de expresión personal, sino también como vehículos de intervención social. En muchos momentos, el arte ha dejado de ser únicamente una manifestación estética para convertirse en una herramienta política: una forma de comunicar ideologías, implantar estructuras de poder y movilizar a la sociedad.
Por eso, más que preguntarnos dónde termina el arte y dónde comienza la política, es necesario comprender cómo ciertos discursos artísticos y comunicativos pueden operar como herramientas de influencia. En un mundo saturado de imágenes e información, el desafío es aprender a reconocer cuándo una obra busca provocar reflexión y cuándo pretende moldear nuestra percepción de la realidad. Solo así podremos distinguir entre la creación estética y la utilización estratégica del arte como dispositivo de persuasión o incluso de manipulación.
A lo largo del tiempo, distintos grupos de poder han financiado obras artísticas con un claro objetivo político: influir en la opinión pública. Un ejemplo de ello es la Unión Soviética, donde el Estado impulsó el realismo socialista y promovió obras que mostraban al “héroe revolucionario”. Literatura, pintura y especialmente cine fueron utilizados para reforzar la idea de que la revolución era justa y necesaria. Directores como Serguéi Eisenstein trabajaron dentro de esta lógica, creando películas que consolidaron un relato heroico del proyecto soviético.
Algo similar ocurrió, aunque desde una perspectiva distinta, durante el New Deal en Estados Unidos. El gobierno de Franklin D. Roosevelt financió murales, obras teatrales y fotografía documental no solo para apoyar a los artistas, sino también para generar un clima de esperanza colectiva y respaldar las políticas de recuperación económica. Las famosas imágenes de la Farm Security Administration, por ejemplo, ayudaron a construir un relato visual sobre la dignidad del trabajo y la necesidad de la intervención estatal.
El muralismo mexicano ofrece otro caso ilustrativo. Tras la Revolución, el Estado promovió murales monumentales de artistas como Diego Rivera, José Clemente Orozco y David Alfaro Siqueiros, quienes representaron episodios clave de la historia nacional. Estas obras no solo embellecían los edificios públicos: buscaban crear una identidad nacional compartida y legitimar al nuevo régimen.
En otros contextos, el carácter político del arte fue aún más evidente. En la Alemania nazi, el régimen convirtió el cine y la estética visual en herramientas centrales de propaganda. Las películas de Leni Riefenstahl, por ejemplo, presentaban una imagen idealizada del nazismo, reforzando la figura del líder y la supuesta superioridad del “pueblo ario”. Durante la Guerra Fría, tanto Estados Unidos como la Unión Soviética continuaron utilizando el arte como arma simbólica: unos promovieron el expresionismo abstracto como símbolo de libertad, mientras que los otros organizaron exhibiciones que exaltaban los logros del socialismo.
Hoy me pregunto si entendemos que la comunicación, aunque no sea arte como tal, tiene un gran poder para crear ideas y mover a la gente. Y si lo sabemos, ¿por qué seguimos permitiendo que estas herramientas se usen sobre todo desde los discursos políticos, que casi nunca buscan mejorar la vida de las personas, sino mantener cierto control?
Un ejemplo reciente ocurrió en Ecuador. Hace unas semanas, el Gobierno impulsó con mucha fuerza la campaña por el “Sí” en el referéndum, usando recursos oficiales y presencia constante en los medios. Sin embargo, la campaña del “No”, organizada por ciudadanos en redes sociales y comunidades, terminó imponiéndose. No tenían el dinero ni el aparato del Estado, pero sí lograron conectar con la gente a través de mensajes sencillos, creativos y ampliamente compartidos.
Ese resultado muestra algo importante: cuando la comunicación se mueve desde la ciudadanía y no desde el poder, puede cambiar el rumbo de una decisión nacional. Las redes sociales, con todos sus problemas, permiten justamente eso: que más personas puedan opinar, organizarse y hacerse escuchar sin depender de recursos económicos ni de una estructura política tradicional.




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